martes, 2 de diciembre de 2014

Wenceslao Fernández Flórez: Las desventuras de un policía tras el ladrón, en la estación de ferrocarril.



En 1946, coincidiendo con la publicación por parte de RENFE de la supresión de todos los pases de favor, don Wenceslao se imagina aquí en tono sarcástico,  lo que le pasaría a un policía que siguiendo a un malhechor, decide éste, entrar en la estación con el propósito de subir al tren.

"Cuantos pagamos íntegramente los billetes de nuestros viajes en tren nos alegramos de que se hayan suprimido los pases de favor.
...
Pero hay una inclusión que me parece que debe ser revisada: la de los policías.
Para que un policía pueda ahora obtener un billete en un tren tiene que pedir a la Dirección de Seguridad un volante; dueño de este volante, va a la taquilla, se coloca en la cola, y, cuando le llega su vez, entrega el papel y recibe el billete, que la Dirección se encarga de abonar...
Supongamos que un agente va en cautelosa persecución de un sospechoso; no de un sujeto que convenga detener en el acto, sino espiar sus acciones para que ellas conduzcan al logro de los fines de la Justicia. Y he aquí que el sospechoso se dirige a la estación del Norte y pasa a los andenes. En la mente del policía estallan entonces -como un cubo de cohetes- muchas divergentes preguntas. ¿Qué tren elegirá aquel hombre? ¿El de Galicia? ¿El de Asturias?. El buen funcionario emprende una enloquecida carrera hacia la Dirección. ¿Debe pedir volantes para cada uno de los trenes? ¿Se fiará del azar? Yo no sabría cómo resolver este trance, pero en las novelas de detectives que he leído, aprendí a creen en la existencia de un sentido de orientación en los policías. El de este caso ya sabe, por ejemplo, que el individuo a quien persigue subió al correo de Galicia. Todos los demás están eliminados. Muy bien, pero entonces surge otra cuestión. ¿Se apeará aquel sospechoso en Torrelodones? ¿Seguirá hasta Venta de Baños? Y ¿por qué no hasta Sahagún? En la duda el policía pedirá un billete hasta el final. Sin embargo hay dos cabezas de línea: una, en Vigo; otra en La Coruña. Bien, pues... no queda otro recurso que adquirir un doble billete.
-¡Manden más volantes y más dinero!- ruge el policía al teléfono....
Y ya todo arreglado, puede ocurrir que el sospechoso se deje llevar por el tren o que salte a los andenes después de dar un largo abrazo a un señor gordo que es un tío suyo al que fue a despedir.
¿Y si el policía no encuentra billete en estos días de aglomeración? Porque digo yo que, al convertirse en viajero vulgar, quedará sometido a todos los percances que nos son comunes. Entonces nada puede hacer como sea comprar un billetito de andén, acercarse a la ventanilla donde el sospechoso irá plácidamente acodado, y decirle, tirándose de un párpado con el dedo índice:
-Conste que a usted lo he calado yo y que no se me escaparía si hubiese billetes.
Y el otro, escupiendo aburridamente al anden:
-Pues, ... fastidiarse.
¡Piii! Y el tren que arranca.
Puede ser que yo no entienda nada de estas cosas, pero creo que dan excesivas facilidades al malhechos."
Diario  ABC "Sherlock Holmes y el tren" 21.07.1946

lunes, 1 de diciembre de 2014

Gerardo Diego: Una visión profética de la futura televisión.



Faltan todavía seis años para que la televisión se inaugure en España. Gerardo Diego, a pesar de que no tiene experiencia como espectador, tiene una idea muy exacta de lo que va a suceder. Deja a la inmensa mayoría, analfabeta "honoris causa", y al mundo infantil,  el privilegio de contemplar el nuevo medio, mientras que una minoría humanista y verdaderamente humana, se refugiará en la lectura, la audición o en la reflexión directa.

"La televisión es un hecho. Y un hecho que en los Estados Unidos y pronto sin duda, en Europa, ha alcanzado o va a alcanzar proporciones de problema industrial, económico y educativo. La verdad es que hasta ahora los programas que los primates de la televisión ofrecen a sus clientes, entusiasmados con el juguete como chavales con zapatos nuevos, no son demasiado tentadores como para que nos sintamos desgraciados por no poseer un aparatito flamante que pueda recoger las imágenes en la pantallita. Todo lo que se les ocurre es reproducir películas ya conocidas o transmitir espectáculos de escenario generalmente.
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Nos imaginamos a la familia reunida en las veladas de invierno como antes frente a la sabanita del cine baby, ahora contemplando el cuadrito de la televisión o su proyección agrandada en la pared blanca. Como la televisión viene acompañada de la transmisión sonora, la escena íntima ofrece un aspecto que nos recuerda alguna experiencia. Ah, sí. Ahora recordamos: Es el saloncillo trasatlántico donde el pasaje, incapaz de extraer distracciones y lecciones eternas de la contemplación de astros y espumas, mata las horas frívolamente siguiendo las peripecias de una película de vaqueros, de gangster o de amoríos.
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Como el cine no ha matado al teatro, ni la fotografía a la pintura, ni el periódico al libro, ni el disco al concierto directo y al instrumento de música, tampoco la televisión anulará el salón de espectáculos ni disminuirá las tiradas de los grandes diarios.
Según la absorción del alimento informativo y cultural se vaya haciendo más cómoda y exija menor esfuerzo, una vocación que podríamos llamar deportiva, que nos lleva a emplear distendidos al máximo nuestros músculos intelectuales, conducirá siempre a la inmensa minoría, cada vez más inmensa y también más minoritaria, a refugiarse en el cultivo de la lectura, de la audición, de la reflexión directa, humanista y verdaderamente humana, dejando el placer de la superficialidad de pantallas y ondas fonéticas al mundo infantil o a la masa analfabeta "honoris causa" que escucha en la venta manchega cómo discurre la lectura de "El Curioso Impertinente", porque no puede condensar la mínima energía necesaria para el esfuerzo de leer a solas."

Diario ABC. "Televisión" 11.08.1950

domingo, 30 de noviembre de 2014

Manuel Halcón: En defensa de los "pobres" terratenientes



Manuel Halcón, periodista, miembro de la Real Academia Española, fue escritor muy afamado en aquella época. Una de sus obras "Manuela" fue llevada al cine por Gonzalo García Pelayo en 1976, protagonizada por Charo López y Fernando Rey.
En este artículo de 1948, hace un panegírico curioso, en favor nada menos que de los "pobres" terratenientes.

"Nadie pondera lo mucho que debe la clase campesina a los antiguos terratenientes que fueron diluyendo sus negocios agrícolas en esa insondable sima de los arrendamientos y aparcerías. Como en los grandes valles, arriba quedaron los terratenientes con sus amarillentos títulos de propiedad, muy señores, muy visibles y ventilados, resistiendo ventiscas y campañas, mientras abajo, por donde corre el río, la tierra mollar ofrece sus dones al discreto arrendatario, a ese pequeño  labrador que domina sus labores mejor que el grande, que no presenta blanco y que en la mayoría de los casos, es más rico que el dueño. Hermosa solución a lo que de otra manera sería un cáncer social. Razonable que los menos se sacrifiquen por los más, pero que se diga. Que se diga que hay viudas, menores e inválidos que no pueden atender el campo y ceden a otro su explotación, lo que equivale a repartir riqueza. ¿Y por qué no se dice?
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La ineptitud de terrateniente español para defender sus derechos de propiedad no estriba, como algunos creen, en que estos derechos no existan. Aparte de aquellos que no saben tener tierras como instrumento de trabajo ¿qué les sucede a esos otros cumplidores beneméritos y caritativos terratenientes? Jamás lograron desviar la saeta que les dirige a través de los tiempos la demagogia blanca, la negra y la colorada. El estudio de historias familiares nos descubre una saludable memez e inclinación al desheredamiento que comienza en el momento en que las lanzas se enmohecen en las perchas.
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Ante tantos embates, incomodidades y miserias, los viejos propietarios de la tierra desertaron. Decidieron que era mejor cambiar de negocio que luchar contra la activa pléyade de los intelectuales, pues ¿cómo iban ellos a ponerse a escribir en los periódicos?
Y se produjo uno de los más trascendentes fallos de la política: montar la demagogia contra la parte más sana del contribuyente. Porque, antes que contribuyente, el hombre que poseía tierras había representado ejemplaridad y continuidad.
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¿Pues dónde si no sobre la heredad, grande o pequeña, nace esta flor de la hidalguía, este aroma del honor que califica a todo español importante por alto o humilde que sea el medio en que viva? En la estrechez de la economía agrícola se educa el hidalgo. En la incertidumbre de las cosechas que, sujetas a os elementos, no consienten que en el ánimo del hombre se forme la conciencia plena de riqueza.
Para muchos la hidalguía significa casi retroceso mental. Para mí significa el ápice de la sabiduría: ser rico con poco dinero. Vivir en hidalguía -huerto recoleto del honor a la española- es como vivir en la frontera de la santidad. Condición del hidalgo es formarse por sí mismo un concepto con arreglo al cual vive y muere. Como en un huerto hay algo que todas las plantas, en un hidalgo hay algo de todas las virtudes. En estas horas difíciles, mirémonos en la planta del hidalgo Cuidemos de no herir sus yemas, pues su fruto es el honor, y para todo lo que signifique progresar honestamente -progreso político, social, económico- para andar por casa y fuera de ella, el honor es práctico."
Diario ABC, "Algo que importa salvar" 29.06.1948

Wenceslao Fernández Flórez: El asombro de las rebeldes "chicas topolino"




Wenceslao Fernández Flórez fue un escritor y periodista español perteneciente a la generación de mil novecientos catorce.
Son más de cuarenta, las obras que escribió, entre las que destacan:  "El hombre que se quiso matar" (1929), adaptada al cine por Rafael Gil en 1942 con Antonio Casal  y de nuevo por Rafael Gil en 1970 con Tony Leblanc. "El malvado Carabel" (1931), adaptada al cine por Edgar Neville en 1935, por Fernando Fernán Gómez en 1956 y por Rafael Baledón en 1962 y "El bosque animado" (1943), adaptada al cine por José Neches en 1945, por José Luis Cuerda en 1987 con guion de Rafael Azcona y por Ángel de la Cruz y Manolo Gómez en 2001.
En este artículo de 1946, retrata en ese tono burlón característico, aquella nueva generación de mujeres urbanas rebeldes, "en una atmósfera de tabaco rubio, emanaciones de gasógeno y filamentos de angorina".

"-Hola.
Se sentó a mi lado en la terraza del bar. Anochecía y las aceras estaban en pleamar. Era una joven de ojos retocados y uñas rojas. Su peinado se alzaba sobre la frente en dos promontorios rubios separados por un canalito que mostraba la legítima negrura del pelo; la barra de carmín había desbordado la mucosa de los labios para modificar la línea de la boca y hacerla más grande. Una "rebeca" de angorina envolvía el cuerpo de la muchacha. Yo no me acordaba de quién era, pero, sin duda, la había visto muchas veces. Esto ocurre todos los días, en las fáciles relaciones de hoy.
-¿Qué tomarás?
-Una combinación.
Le trajeron un vaso con la mezcla de ginebra y vermut y unos trozos de hielo y unas hojitas de no sé qué, y una pajita. O quizá dos pajitas. Bebió. Hice,  sin ganas, esa pregunta que es la llave maestra del cofre de las idioteces.
-¿Qué hay?
-Nada. Fui a ver una película de Tyrone Power.
-¡Ah!
-El disco de siempre. Pero él está bárbaro.
Comencé a sentir un cosquilleo en la mejilla derecha; algo así como si un hilo de araña se hubiese posado en ella; la froté nerviosamente; me enconcoran las arañas y los hilos de araña.
...
Tomé un sorbo de gin-fizz y noté que el cosquilleo se había trasladado a los labios. Con el índice y el pulgar, en pinza, perseguí la causa de aquella sensación; inútilmente porque se refugió en la boca y era tan tenue que no lo podía apresar.
-Oye -dijo de pronto-, mira a ver si tengo un pelito en este ojo.
-Hay muchos pelitos untados de algo negro- expuse concienzudamente.
-Son las pestañas, procura encontrar uno suelto.
-Pues...  no...
-Si, sí, debe haber. Es de la angorina. Está soltando pelusa desde hace un mes.
Un señor pasó al borde de las mesitas y exclamó:
-¡Marititi! ¿Vienes a casa? Ya es tarde.
-Dentro de un poco, papi- decretó ella, y el señor siguió calle abajo.
-¡Maricuqui! -llamó entonces un joven desde un rincón del bar, y mi acompañante lanzó un gritito de alegre  sorpresa y se alzó para ir a su encuentro.
-Vuelvo en seguida- ofreció.
Tanto me daba. Continué viendo pasar el gentío. Invisibles filamentos de angorina despertaban pruritos insistentes en mi rostro y esparcían leve neblina sobre una manga de la chaqueta. Transcurrió algún tiempo. El silloncito de bejuco que  había quedado libre junto a mí se ocupó de nuevo.
-Hola.
-Hola. ¿Ya estás aquí?
Antes de hacer esta pregunta vacilé un poco. La muchacha parecía venir de la calle y no del interior del bar. La examiné rápidamente: el pelo rubio, separado en dos olas, como el mar Rojo, con su oscuro camino para los israelitas; la boca, exagerada por el rouge para hacerla más carnosa; la "rebeca" de angorina... Era la misma..
-Mozo: una combinación- pidió apartando el otro vaso, ya vacío.
...
-Adiós, Marilili- saludó un "pollo".
-Adiós. Oye- continuó, avanzado hacia mí su cara-;  a ver si distingues un pelito sobre mi nariz.
-No veo nada.
-Pues hay uno, por lo menos, que me está dando la lata toda la tarde. Esta "rebeca" soltó, desde que la compré tanta pelusa como para hacer dos como ella.
...
Seguimos divagando en una atmósfera de tabaco rubio, emanaciones de gasógeno y filamentos de angorina.. El señor que se había marchado calle abajo apareció entonces calle arriba
-¿Vienes a casa Marititi? -conminó- ya es tarde
-Voy, papi.
-¿Es que es tu padre? -inquirí, asaltado por una preocupación, mientras el hombre, inmóvil en la acera, manoteaba contra un filamento, como quien oxea una mosca.
...
Volví la cabeza para llamar al camarero. En el bar había ocho o diez muchachas de altos tupés, bocas carnosas, "rebecas" de angorina, gestos iguales y bebidas idénticas, que hablaban lo mismo y de lo mismo y se llamaban parecidamente. Comprendí que el caballero transeúnte se había llevado una hija que no era de él. Sentí impulsos de correr a advertírselo, pero lo pensé mejor y continué en mi asiento.
-¡Qué importa! -me dije- No lo notará."
¹ Lo de "topolino" venía, naturalmente, del coche italiano al uso (todo nos seguía viniendo de Italia o Alemania). La chica que tenía un topolino para sus navegaciones personales era una chica / topolino, más o menos liberada por la velocidad, y luego, por extensión del cheli de la época, fueron "topolino" todas las que iban un poco por libre, de siete a nueve o de ocho a diez. Bastaba con no ser de Sección Femenina ni de Auxilio Social, ni enfermera voluntaria en un hospital de sangre ni ir vestida de Pilar Primo de Rivera, para ser una chica topolino, de modo que se las conocía en seguida. (Franisco Umbral. El Pais. 04.11.1985)

Diario ABC. "Muchachas de racimo" 13.06.1946

José María Pemán: El Séneca y la zarza lobera.



"Parecía un grupo escultórico, de un naturismo primitivo, entre franciscano y mitológico, el que formaba el Séneca, acariciando materialmente a su galgo "Cigüeño", echado sobre sus rodillas. Cigüeño tenía su cabeza larga y achatada de serpiente, manchada de canela, apoyada suavemente sobre el hombro del Séneca: y entornando sus ojos tristes, parecía querer indicar que se enteraba de cuanto su amo le decía.
-¿Qué haces, Séneca?
-Consuelo al Cigüeño, don José. Lo matriculé este año, como todos, en las carreras de liebres... Y ahí lo tiene usted: él, cargado de victorias, ha sido descalificado. Es su jubilación.
-¿Una injusticia?
-No; justicia pura. Corría en el llano de "La Ina". Usted sabe que en él, rompiendo la igualdad de la gran sábana verde de tréboles y gramilla, hay un solo mechón más alto, formado por unos escaramujos y una zarza lobera. Cuando las liebres se han visto acosadas por los galgos en varias direcciones sin caer en sus dientes, acaban siempre refugiándose en esa trinchera de ramas y púas que les sirve de "perdedero". Muchas se han salvado allí... El Cigüeño ha corrido demasiadas veces en ese llano. Cuando le soltaron hoy, para la prueba, mientras sus compañeros se disparaban tras la liebre, el Cigüeño se fué con un trotecillo casi sonriente, y, desentendiéndose de la carrera, se plantó a la vera de la zarza. Allí esperó a pie quieto. Créame usted, don José, que  me pareció que se sonreía con su larga boca negra del diablo. A los pocos minutos, la liebre llegó a refugiarse en la trinchera. La cazó de un salto. Momentos después, el señor marqués, que era juez de la carrera, lo descalificaba con lágrimas en los ojos. Me lo trajo con pena, y me decía:
-Se trataba, amigo Séneca, de ser ligero, no de ser listo.
-Y ¿crees que tenía razón? ¿Llegar a tanta sabiduría no es más maravilloso que llegar a tanta velocidad?
-No lo crea don José. En las liebres como en la vida, hay que estar a las reglas del juego. También son maravillosos los ángeles. Pero no servirían para jugar una partida de tute, adivinando ellos cada carta que iba a salir... Todas las cosas tienen su "perdedero", su zarza lobera: las mujeres, los negocios, la política... Todo tiene su trampa, su punto de vulgar emboscada, donde la cosa se alcanza sin esfuerzo. Pero esto no debe saberse. Cuando ya se sabe, viene la Muerte, nos descalifica y nos saca de la carrera: para que no hagamos una competencia demasiado desleal a los enamorados, a los trabajadores, a los sencillos; a los que corren, derecho, por el llano detrás de la liebre.
...
El Cigüeño levantaba hacia su amo sus ojos metálicos.
-Él me escucha. Sabe que no le deshonro. Estar sobre el juego es un modo glorioso de terminar la carrera. Así la terminaron casi todos los grandes hombres. Así la terminó también aquel caballo del marqués: el "Agüelito". Al cabo de muchas carreras en el hipódromo, se negó un día, en absoluto, a salir. Había entendido que se trataba en definitiva, de correr para llegar a aquel mismo sitio. Y optó por quedarse allí desde el primer momento; como diciendo: "ya estoy". No logró convencer a sus jueces: y le descalificaron. Es natural: ni la vida ni las carreras pueden subsistir si le quitamos su fundamental, maravillosa y ciega estupidez. ¿Qué sería del progreso si se difundiera demasiado ese secreto andaluz, que sabe que como se trabaja para poder descansar, no deja de ser razonable empezar por el final, o sea el descanso?
...
Besó los hocicos, largos y húmedos, de su galgo. Terminó:
-Porque no hay sitio en el juego -¿verdad Cigüeño?- para los que conocemos el secreto de la zarza lobera."
Diario ABC, "El Séneca y la zarza lobera" 08.01.1946